El proceso de duelo

El proceso de duelo

“No llores porque las cosas hayan terminado, sonríe porque han existido”

C.E. Bordakian.

¿Qué es el duelo? 

Duelo es un conjunto de procesos psicológicos y psicosociales que son producidos  por la pérdida de una persona con la que se estaba vinculado.

El duelo es un proceso normal, una experiencia por la que pasa toda persona que sufre la pérdida de un ser querido. No se trata, en principio, de ningún suceso patológico.

La forma en que comprendemos el proceso de duelo está relacionada con la forma en que manejamos la muerte en la cultura donde nos movemos y ha ido evolucionando según las distintas épocas por las que ha atravesado la humanidad. 

Fases del duelo

El duelo es un proceso, y como tal sigue unas fases, que van desde el inicio a la resolución del mismo. Como decimos, se trata de un proceso y no secuencias o etapas fijas, no hay una diferencia clara entre una fase y otra, y existen fluctuaciones entre ellas. 

  1. Fase de aturdimiento o etapa de shock: sentimiento de incredulidad, gran desconcierto. Hay personas que puede funcionar como si nada hubiera sucedido, y otras se paralizan y permanecen inmóviles e inaccesibles. En esta fase se experimenta sobre todo pena y dolor. El shock es un mecanismo protector, da a las personas tiempo y oportunidad de abordar la información recibida, es una especie de evitación de la realidad.
  2. Fase de anhelo y búsqueda. Marcada por la urgencia de encontrar, recobrar y reunirse con la persona difunta, en la medida en que se va tomando conciencia de la pérdida, se va produciendo la asimilación de la nueva situación. La persona puede aparecer inquieta e irritable. Esa agresividad a veces se puede volver hacia uno mismo en forma de autorreproches, pérdida de la seguridad y autoestima.
  3. Fase de desorganización y desesperación. Periodo de sentimientos depresivos y la falta de ilusión por la vida. Se va tomando conciencia de que el ser querido no volverá. Tristeza profunda, que puede ir acompañada de accesos de llanto incontrolado. La persona se siente vacía y con una gran soledad. Se experimenta apatía, tristeza y desinterés.
  4. Fase de reorganización. Se van adaptando nuevos patrones de vida sin el fallecido, y se van poniendo en funcionamiento todos los recursos de la persona. El deudo comienza a establecer nuevos vínculos.

La experiencia, el aprendizaje, la personalidad, y otros factores externos, como pueden ser otros vínculos, moldearán de forma individual la respuesta de duelo en cada individuo. 

Síntomas o manifestaciones del duelo

La expresión de duelo no es universal, ni uniforme, ni homogénea, y posee diferentes matices, expresiones y ritos que dependen de la cultura en que nos encontremos

Las vivencias más comunes en nuestra cultura son las siguientes:

  • Dimensión física. Se refiere a las molestias físicas que pueden aparecer a la persona en duelo. Sequedad de boca, dolor o sensación de “vacío” en el estómago, alteraciones del hábito intestinal, opresión en el pecho, opresión en la garganta, hipersensibilidad a los ruidos, disnea, palpitaciones, falta de energía, tensión muscular, inquietud, alteraciones del sueño, pérdida del apetito, pérdida de peso, mareos. Algunas investigaciones han demostrado que las situaciones de estrés están íntimamente relacionadas con la inmunodepresión y, por tanto, el organismo humano es más vulnerable a enfermar. Y obviamente la muerte de un ser querido es una de las experiencias más estresantes.
  • Dimensión emocional. Los estados de ánimo pueden variar y manifestarse con distintas intensidades. Los más habituales son: sentimientos de tristeza, enfado, rabia, culpa, miedo, ansiedad, soledad, desamparo e impotencia, añoranza y anhelo, cansancio existencial, desesperanza, abatimiento, alivio y liberación, sensación de abandono, amargura y sentimiento de venganza.
  • Dimensión cognitiva.  Dificultad para concentrarse, confusión, embotamiento mental, falta de interés por las cosas, ideas repetitivas, generalmente relacionadas con el difunto, sensaciones de presencia, olvidos frecuentes.
  • Dimensión conductual. Pueden producirse cambios con respecto a la forma de comportarse. Aislamiento social, hiperactividad o inactividad, conductas de búsqueda, llanto, aumento del consumo de tabaco, alcohol, psicofármacos u otras drogas.
  • Dimensión social. Resentimiento hacia los demás, aislamiento social.
  • Dimensión espiritual. Se replantean las propias creencias y la idea de trascendencia. Se formulan preguntas sobre el sentido de la muerte y de la vida.

Factores predictores de un duelo de riesgo

Las circunstancias que harán más difícil la elaboración del duelo natural son las siguientes:

  • Circunstancias alrededor de la muerte. Muerte repentina o inesperada. Pérdida ambigua. Muertes traumáticas (suicidio, asesinato, etc.). Pérdidas múltiples. Muerte de un niño, de un joven.
  • Relación con la persona fallecida. Relación de ambivalencia. Relación simbiótica. Relación de gran dependencia.
  • Personalidad, antecedentes y características del deudo. Pérdidas previas no resueltas, deudo (persona en duelo) niño o adolescente, antecedentes de depresión y otros trastornos psicológicos, falta de habilidades sociales, baja autoestima.
  • Contexto sociofamiliar. Ausencia de red social de apoyo, problemas económicos, hijos pequeños que cuidar.

Tipos de duelo

Duelo anticipatorio. El deudo ha empezado a elaborar el dolor de la pérdida antes de que suceda. Es relativamente frecuente cuando el ser querido se encuentra en una situación de terminalidad, aunque no haya fallecido. Es una forma de adaptación a lo que va a llegar.

Duelo crónico. El deudo se queda como pegado en el dolor, pudiéndolo arrastrar durante años. La persona es incapaz de rehacer su vida, se muestra absorbida por constantes recuerdos y toda su vida gira en torno a la persona fallecida, considerando como una ofensa hacia el difunto restablecer cierta normalidad.

Duelo congelado o retardado. También duelo inhibido o pospuesto. Se presenta en personas que, en las fases iniciales del duelo no dan signos de afectación o dolor por el fallecimiento de su ser querido. Se instaura en el deudo una especie de prolongación del embotamiento afectivo, con la dificultad para la expresión de emociones. En el duelo congelado, a los deudos les cuesta reaccionar a la pérdida.

Duelo enmascarado. La persona experimenta síntomas (somatizaciones) y conducta que le causan dificultades y sufrimiento, pero no las relaciona con la pérdida del ser querido. En este tipo de duelo, el deudo acude frecuentemente a los médicos aquejados de diferentes disfunciones orgánicas, pero calla el hecho de su pérdida reciente, ya que no lo relaciona con ello.

Duelo exagerado. También llamado eufórico. Este tipo de duelo puede adquirir tres formas diferentes.

  • Intensa reacción de duelo. Tendremos en cuenta las manifestaciones culturales de duelo para no confundirlo con ellas.
  • Negando la realidad de la muerte y manteniendo, por lo tanto, la sensación de que la persona muerta continua viva.
  • Reconociendo que la persona sí falleció, pero con la certeza exagerada de que esto ocurrió para beneficio del deudo.

Duelo ambiguo. La pérdida ambigua es la que más ansiedad provoca ya que permanece sin aclarar. Existen dos tipos:

  1. En el primero, los deudos perciben a determinada persona como ausente físicamente pero presente psicológicamente, puesto que no es seguro si está viva o muerta, ya que no se ha localizado el cuerpo. Muy frecuentemente en catástrofes y desparecidos.
  2. En el segundo tipo el deudo percibe a la persona como presente físicamente pero ausente psicológicamente. Muy común en personas con demencias muy avanzadas o que han sufrido daño cerebral y están en estado vegetativo persistente.

Duelo normal.  Características:

  • Aturdimiento y perplejidad ante la pérdida.
  • Dolor y malestar.
  • Sensación de debilidad.
  • Pérdida de apetito, peso, sueño.
  • Dificultad para concentrarse.
  • Culpa, rabia.
  • Momentos de negación
  • Ilusiones y alucinaciones con respecto al fallecido.
  • Identificación con el fallecido.

¿Cuándo intervenir ante un duelo? El duelo patológico

No debemos olvidar que la mayoría de las personas son capaces de afrontar y realizar adecuadamente el duelo sin ayuda. Las decisiones diagnósticas y de intervención han de ser prudentes para evitar la interferencia en un proceso humano normal. 

Para poder considerar un duelo como posible patológico, deberíamos tener en cuenta los siguientes criterios: 

  • Falta de respuesta o respuesta débil durante las semanas que siguen a la pérdida.
  • Tras las primeras semanas persisten emociones muy intensas de rabia, resentimiento, tristeza o culpa.
  • No poder hablar del fallecido sin experimentar un intenso dolor.
  • No querer desprenderse de ninguna pertenencia material que pertenecía al difunto, o, por el contrario, se deshace precipitadamente de todos los objetos.
  • Cuando algún acontecimiento relativamente poco importante desencadena una intensa reacción emocional.
  • No hacer referencia a la pérdida, evitando cualquier circunstancia que pudiera recordarle.
  • Desarrollar síntomas físicos como los que experimentaba el fallecido antes de la muerte, incluso imita a éste en gestos, conductas, etc.
  • Realizar cambios radicales en su estilo de vida después de la muerte de su ser querido.
  • Miedo desmesurado a la enfermedad y a la muerte, hipocondría, consultas frecuentes al médico.
  • Impulsos destructivos y autodestructivos con abuso del tabaco, alcohol. En su grado extremo puede llevar a realizar intentos de suicidio.
  • Si tras el primer año desde que falleció el ser querido, no hay ningún signo de recuperación.
  • Cuando a los 2 ó 3 años de la pérdida no hay una clara evolución satisfactoria.
  • Si la persona presenta una larga historia de depresión subclínica, marcada por la culpa persistente y baja autoestima.

¿Cómo reestrablecer el equilibrio?

Siguiendo el esquema propuesto por Worden, después de sufrir una pérdida hay ciertas tareas que se deben realizar para restablecer el equilibrio y para completar el proceso de duelo. Puesto que el duelo es un proceso y no un estado, estas tareas requieren esfuerzo y podemos hablar de que la persona realiza “el trabajo de duelo”.

  1. Aceptar la realidad de la pérdida

La primera tarea del duelo es afrontar plenamente la realidad de que la persona está muerta, que se ha marchado y no volverá. Parte de la aceptación de la realidad es asumir que el reencuentro es imposible, al menos en esta vida tal y como la concebimos. La realización de esta tarea es imprescindible para seguir adelante.

Lo opuesto de aceptar la realidad de la pérdida es no creer lo que nos está ocurriendo mediante algún tipo de negación. Negar la realidad de la pérdida puede variar en el grado, desde una ligera distorsión a un engaño total.

Llegar a aceptar la realidad de la pérdida lleva tiempo porque implica no sólo una aceptación racional sino también emocional.

Para favorecer la consecución de esta tarea es importante acercarse a todas las evidencias que nos lleven a constatar que nuestro ser querido ha muerto, como hablar de la pérdida, contar las circunstancias de la muerte de manera objetiva, visitar el cementerio o lugar donde se han depositado las cenizas.

Esta tarea es más complicada de realizar en muertes repentinas e inesperadas, o en la muerte de los niños y niñas.

2. Trabajar las emociones y el dolor

El objetivo de esta tarea es conseguir que la persona no arrastre el dolor de la pérdida a lo largo de su vida.

La negación de esta segunda tarea, es no sentir, bloquear los sentimientos y negar el dolor que está presente. A veces se paraliza esta tarea evitando pensamientos dolorosos.

Es imprescindible para la superación del duelo, que la persona exprese tal como vive y siente sus emociones, sin censuras, por horribles que le parezcan los sentimientos, debe dejarles espacio y se deben expresar para liberarse de ellos.

En conclusión, la expresión de las emociones, ante alguien que escucha, se convierte en una tarea necesaria para la elaboración del duelo.

3. Adaptarse a un medio en el que el fallecido está ausente

En esta tarea aprendemos a vivir solos/as, a tomar decisiones sin el otro/a; a desempeñar tareas que antes hacía con el difunto/a o que compartía con él/ella. La vida sigue a su propio ritmo, a pesar del dolor, y en ocasiones con exigencias importantes.

El duelo nos obliga a solucionar los problemas que surgen de la carencia del ser querido. En este momento debemos reforzar el desprenderse del ser querido sin renunciar a su recuerdo, que nos facilite vivir sin la otra persona.

Detener la tercera tarea es no adaptarse a la pérdida.

4. Recolocar emocionalmente al fallecido y seguir viviendo

Empezar nuevas relaciones no depende de olvidar al fallecido, sino de encontrarle un lugar apropiado en su vida psicológica, un lugar importante, pero que deja un espacio para los demás.

La cuarta tarea se entorpece manteniendo el apego del pasado en vez de continuar formando otros nuevos.

Para que esta cuarta tarea se pueda completar habrá que haber realizado con éxito las tres anteriores.

Final del duelo

El final del duelo ocurrirá cuando encontremos motivos para vivir, y podamos volver a vincularnos con aquello que la vida nos ofrece, sin olvidar, ni dejar de amar a quien estuvimos unidos/as y nos dejó.

Resolver un duelo es sentirse mejor, y requiere la atención del deudo, la intención de cambiar, fuerza de voluntad y valor.

Se considera que un duelo está resuelto cuando:

  • La persona es capaz de pensar en el/la fallecido/a sin dolor, disfrutando de los recuerdos, sin dolor, resentimiento o culpabilidad.
  • Es posible sentirse triste de vez en cuando, pero acepta y  habla de esas emociones con libertad
  • La persona ha recuperado el interés por la vida
  • Se siente con más esperanzada
  • Experimenta gratificación de nuevo
  • Se adapta a nuevos roles
  • Puede volver a invertir sus emociones en la vida y en los vivos

 

María del Amor Garcés Santamaría.

 

Psique Sana. Centro de Psicología y Crecimiento Personal

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Estudié en el Campus del Carmen en la Universidad de Huelva y terminé mis estudios en 2010. Me especialicé ese mismo año en Sexología y Educación Sexual. Hice prácticas desde 2008 hasta 2011 en el Instituto de Salud Vidacer Huelva, y el 2012 decidí abrir mi propia consulta. Desde entonces han pasado muchas personas y muchas vidas por delante de mi. La experiencia con todas esas personas han hecho que me haya formado y siga haciéndolo en diferentes disciplinas: psicología deportiva, yoga, reiki, flores de bach, sicodrama y sicodanza, intervención en emergencia y desastres, etc. Hoy puedo decir que ese vínculo que surgió entre la psicología y yo en 2001 sigue presente y se va haciendo más fuerte cuanto más aprendo y trabajo con personas, etc.